Venezuela, un infierno socialista

Por Rafael García***

Érase una vez en Hispanoamérica un bello y próspero país que gozaba de una economía pujante, una democracia estable y una creciente clase media. La población contaba con una educación y sanidad de calidad, había empleo, se respiraba optimismo y se auguraba un futuro prometedor para el país. Hoy, a tan solo unos lustros de aquella época que, si bien es cierto que no era idílica, al menos era prometedora, la triste realidad de este mes de mayo de 2018 es que ese desafortunado país se ha convertido en un infierno de miseria y pobreza, excepto para el tirano que lo desgobierna y sus serviles adláteres. ¿Sabéis de qué país estoy hablando? No será difícil adivinarlo: Venezuela.

Cuando uno se para a contemplar el estado de miseria, abandono y ruina en que se ha sumido la desgraciada nación venezolana, no podemos sino preguntarnos cómo es posible que un país, no hace mucho rico y próspero, se encuentre ahora en semejante estado de degradación social y económica. La situación es realmente desesperante. No es que los venezolanos carezcan solo de medicinas para enfermedades básicas y comunes, o ropa o servicios mínimos, es que por no haber, no hay ni comida. Un sector mayoritario de la población no tiene ni un triste mendrugo de pan que llevarse a la boca. Repito, pues, ¿cómo es posible que se haya llegado a esta situación tan desesperante tras una no tan lejana bonanza? La respuesta es así de clara y cierta: el socialismo marxista aplicado primero por Chávez y después por el aún más nefasto Maduro.

Parece ser que siempre se repite el mismo patrón cada vez que el socialismo triunfa en un país cualquiera. Surge un líder, populista y demagogo, que denuncia ciertas injusticias que sufre un sector de la población más o menos amplio. Se presenta a sí mismo como la solución a todos los problemas, prometiendo, además, un paraíso en la tierra. Así es como llega a embaucar a la incauta población que lo elige para su ruina y desgracia inminentes. Acto seguido, empiezan las confiscaciones, la subida de impuestos, las expropiaciones, y mientras dura el dinero de los demás parece que el socialismo funciona. Sin embargo, pronto se acaba la riqueza robada a diestro y siniestro, y aumentan, a nivel exponencial, la corrupción gubernamental, la criminalidad y la inseguridad ciudadanas. Ante el evidente fracaso de sus políticas, el socialismo, para mantenerse en el poder, desmantela instituciones, reescribe la constitución, elimina la libertad de prensa, suprime derechos individuales, y pone todo su afán en el control de las masas. Si se ha llegado a esta situación, es ya demasiado tarde para el pueblo reaccione: es ya preso de una dictadura socialista, de un régimen tiránico que se perpetuará en el poder a costa de lo que sea.

Los hechos no pueden ser más contundentes: allí donde triunfa el socialismo, siempre se instalan el hambre y la miseria, la falta de libertad y la opresión. Más tarde o más temprano se acaba viviendo en el miedo al sistema y sus arbitrariedades y solo se piensa en cómo escapar de ese infierno. Sirva el ejemplo de Venezuela como advertencia a toda Hispanoamérica del peligro del socialismo populista para cualquier sociedad que cometa la locura de experimentarlo. La justicia social para pobres y desamparados, un ideal muy noble al que toda sociedad debe aspirar, habrá de venir por otros cauces. Nunca llegará a través del socialismo, que es fundamentalmente una gran mentira. Nunca ha traído ni traerá prosperidad ni libertad. Pueblos de Hispanoamérica, quedaos con esta advertencia: cuando venga otro embaucador semejante a Chávez, Maduro o Fidel Castro prometiéndoos el paraíso socialista, acordaos de Venezuela y sabed que el socialismo es un remedio mucho peor que la enfermedad misma que dice quiere curar. ¡Socialismo nunca más!

 

***Dr. Rafael García, profesor asociado de la Universidad de Wilkes.

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